Observemos, cómo la Consciencia trabaja por Sí misma.

Cada cosa, cada individuo, se manifiesta con arreglo a ciertos parámetros, sombras energéticas que podemos evaluar y discernir.

¿Qué es un principio? Un principio es aquello que, macrocósmicamente hablando, se está desarrollando en cada uno de nuestros siete planos -los siete subplanos del plano físico cósmico.

El germen o la simiente de cada subplano corporifica algún aspecto de la conciencia divina en desarrollo; es lo que está fundamentalmente relacionado con algún tipo de sensibilidad; es aquello a lo cual pueden responder los cuerpos, a medida que evolucionan.

Un principio es un germen de la percepción, que lleva la potencialidad de la plena conciencia a algún nivel particular de actividad divina.

Es lo que hace posible el conocimiento y la respuesta consciente al medio ambiente; es lo que significa una actividad sensible correlativa, y “desenvuelta”, dando por resultado la posible e inevitable comprensión divina suprafísica.

En el hombre se unen dos energías, pero hay otras cinco presentes. Para cada una ha de encontrarse un punto central de contacto.

Las dos energías que se unen en el hombre son los dos aspectos de la mónada, el Uno en manifestación; la mónada se manifiesta esencialmente como una dualidad; se expresa como voluntad y como amor, es decir: atma-budi, y ambas energías, cuando entran en relación con el punto de la mente, el tercer aspecto de la divinidad, producen el alma y luego el mundo tangible manifestado; después se demuestra como voluntad, amor y mente o inteligencia del planeta, o atma-budi-manas.

Cuando el alma se ancla como conciencia y vida dentro del ser humano, éste contribuye con el tercer algo, manas o mente, latente o kármicamente presente en toda sustancia, heredado o mantenido en solución en la sustancia, desde un sistema solar anterior. En ese sistema se desarrolló la inteligencia y quedó retenida dentro de la sustancia a fin de formar la base del desenvolvimiento evolutivo del actual segundo sistema solar. Recuerden que los siete planos de nuestro sistema solar constituyen los siete subplanos del plano físico cósmico y que por lo tanto el espíritu es materia en su más elevado punto de expresión, y la materia es espíritu en el más inferior. La vida está constituida por la voluntad y el amor y por grandes energías impulsoras que subyacen en todo el proceso evolutivo y motivan su inevitable consumación.

Atma-budi, como energías, se anclan en el vehículo del alma, en el loto egoico, y su actividad fusionada evoca respuesta de la sustancia del plano mental, que entonces hace su propia contribución. Su reacción produce lo que llamamos la mente superior, de naturaleza tan sutil y emanación tan tenue, que forzosamente debe relacionarse con los dos aspectos superiores y llegar a ser parte de la Tríada espiritual. El vórtice de fuerzas establecido por el impacto de la voluntad divina, expresando propósito divino y unificado con el Ser (como identidad y no como cualidad), produce el loto egoico, el vehículo de esa “alma identificada”, arrastrada a la expresión por el tercer resultado del impacto átmico-búdico en los tres mundos, y la mente concreta y el intelecto humano vienen a la expresión. Existe, en consecuencia, una curiosa similitud entre los tres aspectos divinos en manifestación y el hombre espiritual en el plano mental. La analogía es la siguiente:

La mónada – Mente abstracta.

El alma – Loto egoico.

La personalidad – Mente inferior o concreta.

Esa vaga abstracción, la mónada, durante eones, parece no haberse relacionado de ninguna manera con el alma y la personalidad; ambas han estado y están ocupadas en la tarea de establecer, a su debido tiempo y de acuerdo al impulso evolutivo, una estrecha fusión o unificación. La mente abstracta también ha permanecido durante eones como algo inconcebible y fuera de los modos de expresión y del pensamiento del hombre kamamanásico (o emoción y mente inferior) y luego, finalmente, alma y mente concreta (o el iluminador y el transmisor de iluminación). Tales analogías pueden ser muy iluminadoras si se las considera debidamente.

Considero, por lo tanto, que a POCO QUE ENTENDAMOS DE ÉSTO, nos daremos cuenta de AQUELLO a lo que debemos atenernos.

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7 comentarios

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7 Respuestas a “Observemos, cómo la Consciencia trabaja por Sí misma.

  1. Evidentemente, hay grandes Logias, interesadas en los poderes mundanos, pero: ÉSTE NO ES NUESTRO ASUNTO, éste mundo, ya tendrá, suponemos, a quiénes saben cómo deben encauzarlo.

    Al resultar un mundo fenoménico, INTENTEMOS COMPRENDER, los significados y cotejarlo con nuestra ESENCIALIDAD.

  2. ¿qué es un principio? Un principio es aquello que, macrocósmicamente hablando, se está desarrollando en cada uno de nuestros siete planos -los siete subplanos del plano físico cósmico.

    El germen o la simiente de cada subplano corporifica algún aspecto de la conciencia divina en desarrollo; es lo que está fundamentalmente relacionado con algún tipo de sensibilidad; es aquello a lo cual pueden responder los cuerpos, a medida que evolucionan.

    Un principio es un germen de la percepción, que lleva la potencialidad de la plena conciencia a algún nivel particular de actividad divina. Es lo que hace posible el conocimiento y la respuesta consciente al medio ambiente; es lo que significa una actividad sensible correlativa, y “desenvuelta”, dando por resultado la posible e inevitable comprensión divina.

    El cuerpo físico es simplemente -ni más ni menos- el vehículo de la conciencia en el plano físico, pero el punto de atención es el cuerpo etérico, como expresión de los vehículos sutiles y como función de conciencia corporificada. El cuerpo físico es importante porque tiene que albergar y responder a cada tipo de respuesta consciente.

    El cuerpo físico denso, bajo el impacto de las energías subjetivas, a su vez produce una “estructura para la transmisión”, y automáticamente repite la actividad del cuerpo etérico. Crea (en respuesta a la afluencia de energías del cuerpo etérico, por intermedio de los siete centros mayores) una densa estructura física entrelazada que hemos denominado “el sistema glandular endocrino”. Dichas glándulas -a su vez, y en respuesta a la energía que afluye desde el cuerpo etérico- producen la secreción de hormonas, que las glándulas trasmiten directamente a la corriente sanguínea.

    El rayo de la vida, si se puede denominar así, se halla en el corazón de cada centro, se identifica monádicamente con su fuente y posee (cuando hace contacto con sus pétalos) una mayor cualidad innata de energía atractiva; toda energía que emana de la fuente única, el actual sistema solar, se relaciona con la energía que llamarnos Amor, y esta energía es atracción magnética. Los pétalos del loto, y la zona circundante de energía que constituye la forma del loto, son cualificados por uno de los siete tipos subsidiarios de energía; éstos emanan de los siete rayos que emergen de la Fuente única, como Representantes del Creador múltiple.

  3. En forma similar, dentro del microcosmo, el hombre, se hallan las analogías de estos siete centros. Aquí también existen siete centros mayores, los receptores de la energía que emana de los siete centros planetarios, los custodios de los siete aspectos de la fuerza de rayo; estas siete energías -en varios grados de potencia- condicionan la expresión del hombre en los tres mundos, hacen de él lo que es, en cualquier momento dado mientras está en encarnación, e indican (por su efecto o no sobre los centros) su grado de evolución.

    En el ser humano dos de dichos centros están ubicados en la cabeza y los otros cinco a lo largo de la columna vertebral. La columna vertebral es el símbolo físico de ese esencial alineamiento, meta inmediata de la orientación dada a las relaciones, llevadas a cabo en la conciencia por el hombre espiritual y producto de la correcta meditación.

    La meditación es una técnica de la mente que eventualmente trae correctas e ininterrumpidas relaciones; es otro nombre dado al alineamiento. Por lo tanto, consiste en establecer un canal directo, no sólo entre la fuente única, la mónada y su expresión, la personalidad purificada y controlada, sino también entre los siete centros del vehículo etérico humano.

    Esto es poner el resultado de la meditación sobre una base física, o más bien sobre efectos etéricos, y quizás les resulte increíble y pueden considerarlo como indicando la fase inferior de tales resultados.

    Ello se debe a que se pone el énfasis sobre la reacción de la mente al alineamiento logrado, sobre la satisfacción obtenida por tal alineamiento, en el cual se registra un nuevo mundo o mundos de fenómenos, y también hacia los nuevos conceptos e ideas que por consiguiente hacen impacto en la mente.

    Pero los verdaderos resultados (tanto divinos como esotéricamente deseables) son alineamiento correcto, rectas relaciones e ininterrumpidos canales para las siete energías del sistema microcósmico, trayendo eventualmente la plena expresión de la divinidad.

    Los siete centros del vehículo etérico de Cristo estaban correctamente ajustados y alineados, realmente despiertos y activos y eran adecuados receptores de las siete corrientes de energía provenientes de los siete centros planetarios, los cuales pusieron a Cristo en armonía y en pleno y reconocido contacto con Aquel en Quien vivía, se movía y tenía Su ser.

    El resultado fisiológico de esta total “entrega esotérica de los siete” (tal como se los denomina a veces) a las entrantes energías espirituales, en su correcto orden y ritmo, fue la aparición en el Cristo de un perfecto sistema endocrino. Todas Sus glándulas, mayores y menores, funcionaban correctamente; esto produjo un “hombre perfecto” -físicamente perfecto, emocionalmente estable y mentalmente controlado.

    En términos modernos, el “canon de comportamiento” de Cristo -debido a la perfección de Su sistema glandular, como efecto de los centros correctamente despiertos y energetizados- hizo de Él, ante el mundo entero, una expresión de la perfección divina; fue el primero de nuestra humanidad en llegar a este grado de evolución y “el Primogénito de una gran familia de hermanos”, como lo expresa San Pablo.

    Las actuales imágenes que representan a Cristo testimonian su propia y completa inexactitud, pues no evidencian una perfección glandular; lo presentan con una total debilidad de carácter y excesiva dulzura, pero no demuestran su gran fortaleza y su poderosa agudeza y vivencia. Se le ha prometido al mundo que así como Él es, podemos ser nosotros.

    Esta promesa subyace detrás de la correcta comprensión de la ciencia de los centros. Los hombres podrán comprobar la realidad efectiva de los centros cuando éstos sean controlados gradualmente por el alma, estén correcta y científicamente energetizados y sean llevados a un estado de vivencia real, y empiecen a condicionar toda la zona del cuerpo en que se encuentra cada centro -entre ellos- poniendo cada parte del cuerpo humano bajo su influencia irradiatoria y magnética.

  4. Para entender a qué se refiere, conviene recordar que el ser humano es una entidad espiritual que ocupa o conforma (palabra esotérica que prefiero) a un vehículo físico denso.

    El cuerpo físico denso es parte de la estructura general de todo el planeta, compuesto de átomos vivientes, controlados por la entidad planetaria y formando parte de su vida. Este vehículo físico denso es liberado para que goce de una libertad temporaria y dirigida por la voluntad del alma animadora, pero es al mismo tiempo parte intrínseca de la suma total de la sustancia atómica. Este vehículo físico -teniendo vida propia y cierta medida de inteligencia que llamamos su naturaleza instintiva- es denominado por los esotéricos el elemental físico.

    Durante la vida encarnada, es la fuerza coherente o el agente por el cual el cuerpo físico mantiene su forma particular bajo el impacto de la vivencia etérica, lo cual afecta a todos los átomos vivientes y los pone en mutua relación. El cuerpo físico es el gran símbolo (dentro de la Vida Una) de los numerosos símbolos de que está constituido; es la realidad manifestada de la coherencia innata, de la unidad, de la síntesis y de la relación.

    El prana físico planetario (el tipo más inferior de energía pránica) es la vida de la totalidad de los átomos (de los cuales está compuesta toda forma externa) cuando son puestos en relación con la independiente estructura atómica del cuerpo físico denso de un alma animadora individual en [e464] cualquier reino de la naturaleza -particularmente, desde el punto de vista de nuestro estudio, el reino humano.

  5. Otras energías y potencias circulan a través del vehículo etérico y lo condicionan, pero me refiero sólo al aspecto físico inferior. Esto indica la vida del elemental de nuestro planeta, el espíritu de la tierra -una vida divina, que efectúa su propio progreso en el arco involutivo de la manifestación.

    Dicho espíritu de la tierra mantiene su aferramiento sobre las estructuras atómicas, de las cuales todas las formas están hechas, incluyendo el cuerpo físico del hombre; oportunamente vuelve a reunir y reabsorbe esos elementos de su vida que estuvieron temporariamente aislados de ella durante alguna experiencia encarnada de un alma en cualquier reino de la naturaleza. Debe observarse que estos átomos están imbuidos o condicionados por dos factores, de los cuales el espíritu de la tierra es el único responsable:

    1. El factor karma de la vida del elemental del planeta. Es un karma involutivo y precipitante, totalmente diferente del Logos planetario, una Vida espiritual que se halla en el arco evolutivo. El karma involutivo condiciona, por lo tanto, la experiencia de la vida desde el ángulo estrictamente físico de todas las formas compuestas de sustancia atómica.

    2. El factor limitación. Aparte del karma, que da por resultado acontecimientos físicos, que afectan a todas las formas físicas compuestas de esta esencia elemental, los vehículos físicos de todas las vidas en todos los reinos de la naturaleza están también condicionados por el punto, en el tiempo, de la influencia cíclica del espíritu planetario y por su grado de evolución. Este espíritu involutivo no ha alcanzado aún un grado de perfección, pero progresa hacia una meta específica que será lograda cuando haya alcanzado el arco evolutivo de la experiencia.

    Esto todavía está muy lejos. Nuestro Logos planetario, esa gran Vida divina en Quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, es todavía uno de los “Dioses imperfectos”, desde el punto de vista de la meta que tienen ante sí todos los Logos planetarios. Su cuerpo de expresión, nuestro planeta Tierra, no es aún un planeta sagrado. El espíritu de la tierra todavía se halla muy lejos de alcanzar la relativa perfección que un ser humano consciente percibe.

  6. El grado de evolución del espíritu de la tierra afecta a cada átomo de su cuerpo -el cuerpo de una entidad involutiva.

    El resultado de esta imperfección, que no es la del Logos planetario sino la del espíritu de la tierra, se manifiesta como enfermedad en todas las formas de todos los reinos de la naturaleza. Los minerales están sujetos a la enfermedad y a la descomposición, y hasta la fatiga de los metales es un hecho científico comprobado; las plantas y los animales reaccionan a las enfermedades que se producen en las estructuras de sus formas, y la enfermedad y la muerte son inherentes al átomo, del cual están compuestos todos los organismos.

    El hombre no está exento de ello. La enfermedad, en consecuencia, no se produce por el erróneo pensar, como he dicho a menudo, o por no afirmar la divinidad. Es inherente a la naturaleza de la forma, indicando las imperfecciones que sufre el espíritu de la tierra;
    es el método por excelencia con que esta vida elemental mantiene la integridad y capacidad para reabsorber lo que es suyo, pero que fue puesto bajo otra dirección por la potencia atractiva de la vida de aquello que conforma a cada reino de la naturaleza durante un ciclo de encarnación.

    Con toda seguridad esto dará una nueva idea acerca de la enfermedad. El hombre crea, bajo el impulso del alma y por la voluntad de encarnar, una forma compuesta de sustancia sujeta al acondicionamiento; impregnada de los impulsos de la vida del espíritu de la tierra. El hombre, al crearla, es responsable de esa forma elemental, pero al mismo tiempo se limita definidamente a sí mismo por la naturaleza de los átomos que componen esa forma. La sustancia atómica por la cual se expresa el espíritu de la tierra, contiene siempre las “semillas de retorno”, permitiendo la reabsorción.

    Dicha sustancia también está compuesta de todos los grados y cualidades de la materia, desde la más burda a la más refinada, como por ejemplo, la cualidad de la sustancia que hace posible la aparición del Buda o del Cristo. El Señor de la Tierra, el Logos planetario, no puede hallar una sustancia animada por el espíritu de la tierra, de una cualidad y naturaleza suficientemente pura; por lo tanto, no puede materializarse o aparecer como puede hacerlo el Buda o el Cristo. Pocos de los que forman la Cámara del Concilio de Shamballa pueden hallar la sustancia necesaria o adecuada por medio de la cual aparecer; no pueden apropiarse de un cuerpo físico denso y deben conformarse con un vehículo etérico.

    Por lo tanto, tres tipos de vida afectan la apariencia densa de un ser humano durante su restringida manifestación o encarnación:

    1. La vida del hombre espiritual, trasmitida desde la Mónada, por intermedio del alma, durante la mayor parte de la existencia manifestada.

    2. La vida de esa suma total que es la vida elemental del cuarto reino de la naturaleza, la humana; esta vida es todavía un aspecto (de acuerdo a la Ley de Aislamiento o Limitación) de la vida del espíritu de la tierra.

    3. La suma total de la vida innata en la misma sustancia atómica -la sustancia con la cual están hechas todas las formas. Ésta es la vida del espíritu de la tierra.

    No nos referimos aquí al alma de un átomo o al alma de cualquier forma, grande o pequeña, sino exclusivamente a la vida o primer aspecto, el cual se expresa como voluntad de ser; sólo está activa, aunque siempre presente, durante la vida de la forma o la fase de manifestación creada. Aquí aparece el factor voluntad y tenemos la relación entre voluntad, forma y encarnación.

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